LA NACION
En cierto modo, la escena en esta pintoresca ciudad turística suiza a fines de enero es la de siempre. El alto bosque de coníferas bajo el pico Jakobshorn está coronado por nieve reciente.
El pequeño aeródromo en la montaña está repleto de jets privados. Falanges de vans negras y SUV avanzan lentamente por calles heladas. Detrás de un elaborado cordón de seguridad, pabellones que representan a muchas de las empresas tecnológicas, industrias y fondos soberanos más influyentes del mundo ocupan locales comerciales, a la espera del tránsito a pie de la élite global que desciende cada año sobre este rincón de los Alpes.
Sin embargo, detrás de todo eso hay un cambio profundo. El presidente Donald Trump encabeza una de las delegaciones estadounidenses más grandes que jamás hayan asistido a la reunión anual del Foro Económico Mundial, donde tiene previsto dar un discurso el miércoles, en un momento en que su administración parece estar en conflicto abierto con los paradigmas que durante mucho tiempo definieron (y llegaron a ser caricaturizados por) estos cónclaves en Davos.
Sus guerras comerciales contra aliados y adversarios de Estados Unidos por igual están desarmando redes de globalización promovidas aquí durante décadas. Y su uso constante de la coerción en política exterior choca con el ethos de cordialidad y cooperación de Davos.
El discurso de Trump llegará pocos días después de que comenzara a amenazar con imponer nuevos aranceles a socios europeos por su negativa a aceptar sus afirmaciones de que Estados Unidos debe anexar Groenlandia. Durante el fin de semana arremetió con enojo contra la obstrucción danesa y europea en general, garantizando que el territorio ártico dominaría las conversaciones en Davos.




